viernes, 11 de abril de 2014

NAZARENO EN SANTA MARINA


La cosa está entre la historia y la leyenda. Cuentan que allá por una fecha de la que por lejana no se guarda memoria, un ladronzuelo prófugo de la justicia entró apresuradamente en la iglesia de Santa Marina huyendo de los alguaciles que le perseguían. Ya en el interior del templo halló abierta la puerta que daba acceso a la torre, antiguo alminar de mezquita, y pensó que sería buen lugar para ocultarse. Subió por la empinada escalera, y observando la abertura de un hueco sobre lo que sería la cúpula de la capilla bautismal, intentó introducirse en el mismo, descubriendo entonces que en el reducido habitáculo ya había sido antes utilizado como escondite, en esta ocasión para una imagen de terracota de la Virgen con su Hijo muerto en los brazos, a la que de inmediato se encomendó, logrando zafarse de sus perseguidores y abandonando desde entonces su vida delictiva. Fue tal la devoción que el suceso y la imagen de la Piedad suscitaron entre la feligresía que se dio origen a una hermandad con esta advocación que durante cuatro siglos permaneció en Santa Marina, hasta que el fuego provocado por unos desalmados destruyó buena parte de la  fábrica del templo. De aquél hecho luctuoso la hermandad renació reinventándose a sí misma. Cofrades como Guillermo Serra, Curro Sousa, Dionisio Gómez  o Antonio Migens, a los tres últimos de los cuales tengo la satisfacción de haber llegado a conocer, lo hicieron posible en su actual sede del exconvento de la Paz.

Desde que resido en la collación de Omnium Sanctorum, cada Viernes Santo repito el mismo rito. Sobre las cinco de la tarde comienzo a vestirme de nazareno, mientras suena la música de Bach. Si no fuera sevillano me gustaría estar allí alguna vez, en la Iglesia de Santo Tomás de Leipzig, asistiendo en directo a la interpretación de una de las pasiones del genio de Eisenach compuestas para la ocasión. Pero estoy en Sevilla, en un barrio que por la mañana fue inundado por la Esperanza, y que ahora ha quedado quieto, enmudecido porque ya todo se ha consumado. Ciño el cíngulo amarillo sobre la sotana morada. Me coloco la capa negra con el escudo de la Piedad, recuperado hace unos años, sobre el hombro izquierdo. Me pongo el alto capirote con el antifaz negro. El escudo de la hermandad queda sobre el pecho. Salgo de casa. Cojo por Relator, llegando al Pumarejo, donde giro a la derecha para embocar San Luis, la larga vía que va desde el Arco hasta San Marcos y que fue entrada de reyes a la ciudad. Hacia mitad de la calle me encuentro con la vieja iglesia mudéjar. Allí está, como siempre. Muchas veces paso por este lugar, pero hoy es un día especial. Ralentizo el ritmo de mi andar hacia Bustos Tavera. Miro a la torre, escudriño en el hueco que alberga la campana. Observo el dibujo de los rosetones, las arquivoltas de la ojiva, las catorce cabezas de león que sustentan el tejaroz, los motivos que adornan la imposta, la imagen de Cristo sobre la clave del arco…. Intento recrear en mi imaginación viejas estampas que conozco por fotos de un paso que es el mismo que acompañaré, si Dios y el tiempo quieren, dentro de unas horas en su procesión a la Catedral, pero adornado y dispuesto de muy diferente manera. Imagino el bullicio del barrio en torno a su cofradía, la música de la banda del vecino hospicio, ambiente tan distinto todo del que hoy rodea nuestra estación. Tengo un recuerdo para tantos que vistieron el mismo hábito antes que yo. En la soledad de la calle a esa hora en que comienza declinar el día, algún transeúnte despistado que me mira con curiosidad quizá ignore que está viendo una estampa que se repitió durante siglos. Tarde de Viernes Santo. Un nazareno de la Piedad junto a la puerta de Santa Marina.

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