sábado, 25 de abril de 2020

ABUSOS POLICIALES


Leo en un despreciable panfleto propagandístico y manipulador de la izquierda (eldiario.es) la siguiente noticia: Decenas de curas (y algún obispo) se saltan el confinamiento y celebran misas 'clandestinas' con presencia de fieles. El periodista que firma se llama Jesús Bastante, y su segundo apellido le pega que sea “sinvergüenza”.

Yo no sé si son cientos o no los sacerdotes que en estos días han celebrado cultos con asistencia de algunos fieles, pero conviene aclarar de una vez por todas  que en cualquier caso no estaban cometiendo ninguna ilegalidad.

El art 11 del RD 463/2020 por el que se declaró el estado de alarma el pasado 14 de marzo permite  expresamente  La asistencia a los lugares de culto y a las ceremonias civiles y religiosas, incluidas las fúnebres, condicionadas a que se eviten aglomeraciones y se tomen medidas para asegurar distancias mínimas entre los asistentes. Esta disposición no se ha visto alterada en los posteriores reales decretos de prórroga del estado de alarma, ni en los numerosos decretos leyes que se han ido promulgando en esta situación.

Algún enterado ha argumentado que la infracción deriva de que el desplazamiento para ir al culto no está contemplado como excepción en el art 7, que limita la circulación por vías de uso público. Evidentemente las normas jurídicas no siempre son comprensibles por personas carentes de preparación, pero cualquiera que sepa mínimamente de esto podrá entender, primero, que el listado de excepciones del art 7 no es un “numerus clausus”, porque precisamente en su último aparatado contempla los desplazamientos ocasionados por “cualquier otra actividad de análoga naturaleza”, y segundo, si existe una norma especial relativa al culto que permite la asistencia está claro que ello implica también la posibilidad de desplazamiento por la vía pública a tal fin, teniendo en cuenta además que estamos hablando de limitaciones de derechos fundamentales que han de ser interpretadas con un criterio restrictivo de la limitación y favorable al ejercicio del derecho y no expansivo de la prohibición de salir de casa. Y todo esto sin entrar en la dudosa legalidad de las medidas adoptadas al amparo de un estado de alarma, que más bien es de excepción.

A pesar de ello, en algunas diócesis, entre ellas la de Sevilla, por prudencia y no sé si con buen criterio, se ha ordenado el cierre de iglesias y la suspensión de celebraciones con fieles. Por lo tanto la actual limitación en cuanto al culto es más una autolimitación que una limitación impuesta por la ley, absolutamente inexistente.

Así las cosas, sin embargo todos hemos podido ver en estos días en los medios y redes sociales intervenciones policiales (en Sevilla, en Granada, en Madrid…) que han interrumpido algunas de las escasas misas con asistencia de fieles que se han celebrado. Constituyen sin duda abusos de poder carentes de cualquier cobertura legal sobre los que espero se diluciden responsabilidades en los tribunales habida cuenta de su posible encaje en algunos tipos penales. Otra cosa será que se opte por poner la otra mejilla, pero no porque falten argumentos jurídicos.

En cuanto a los panfletos de la izquierda como el tal “eldiario.es”, es una lástima que no se editen en papel impreso, porque podían servir muy bien como sustitutos del papel higiénico, que tanto escaseó en los primeros días de la alarma.

martes, 14 de abril de 2020

¿PACTOS DE LA MONCLOA?


Viendo que la cosa se pone fea, el presidente del peor Gobierno de la historia de nuestra democracia, supongo que asesorado por su arúspice Iván Redondo, ha sacado de la chistera el conejo de los Pactos de la Moncloa, como un amuleto mágico con el que pretende exorcizar los males que le acechan.

Para empezar habría que aclarar a las generaciones más jóvenes, y refrescar a las menos jóvenes, qué es esto de los Pactos de la Moncloa, porque probablemente muchos no lo sepan o recuerden. A ver –como se dice ahora- resumidamente los pactos de la Moncloa fueron dos: uno de contenido económico y otro de contenido político. Fueron ambos alcanzados en el mes de octubre de 1977, esto es, en periodo ya democrático, pero preconstitucional. El pacto político lo suscribieron la totalidad de las fuerzas parlamentarias de entonces, a excepción de Alianza Popular, debido esto último a su oposición a la despenalización del adulterio y de otras conductas de índole sexual. El pacto económico, a diferencia del anterior, sí que recibió el apoyo unánime de todos los grupos políticos y de las fuerzas sindicales y empresariales mayoritarias (el de la UGT, con algo de retraso). El pacto político allanó el camino que permitiría el posterior gran pacto que fue nuestra vigente Constitución. El pacto económico sirvió para encauzar la economía del país, en un momento delicadísimo, azotada por la hiperinflación, el incremento galopante del paro, y los demás problemas derivados de las crisis del petróleo producidas por el alza de los precios del crudo en aquellos años. En definitiva se trató, visto globalmente, de un gran pacto nacional del cual prácticamente hemos venido disfrutando sus frutos en forma de estabilidad y prosperidad, cuando menos hasta entrada la presente centuria.

Los elementos sobre los que se asentaron dichos pactos fueron fundamentalmente dos, a saber:

En primer lugar la voluntad común -en un momento en que todo estaba por hacer y por lo tanto la inestabilidad y la incertidumbre eran enormes, con un gobierno además en minoría parlamentaria- de reconciliación nacional, de superación del pasado asumiendo cada parte sus errores, y de establecer un marco de libertades, garantías y prosperidad para todos los españoles. Para que nos hagamos una idea del clima de afán de concordia, baste señalar que coincidiendo más o menos con su firma se produjo un hecho insólito: Manuel Fraga, exministro de Franco y líder del partido de la derecha conservadora, presentaba en una conferencia en un conocido foro político y cultural de entonces al Secretario General  del Partido Comunista de España, Santiago Carrillo, recién regresado del exilio, y con un oscura historia a sus espaldas en cuanto a su actuación durante la guerra en el bando republicano.

El segundo elemento, y sin desdeñar el papel de los demás dirigentes políticos de entonces, fue sin duda el liderazgo de un hombre de estado como Adolfo Suárez, que supo pilotar con audacia, determinación y amplitud de miras este proyecto de convivencia, sorteando las muchísimas dificultades que se cernían por todas partes, incluido el feroz ataque del terrorismo, hoy afortunadamente atenuado.

Como puede verse por tanto, aquél momento y el actual tienen en común el frágil apoyo parlamentario de los respectivos gobiernos y la suma gravedad de la coyuntura política y económica, pero difieren en los demás aspectos fundamentales.

El actual Gobierno quiere, en la línea ya iniciada por los de Zapatero, acabar precisamente con el espíritu de la Transición, decantándose por reivindicar a uno de los dos bandos enfrentados en la guerra. Es decir, decantándose por dividir de nuevo a los españoles en buenos y malos, como en tiempos de la nefasta II República y la subsiguiente dictadura. Es difícil ahora desandar lo andado en ese sentido para volver a ese espíritu de unidad en cuanto a los grandes principios.

En línea con lo anterior, la capacidad de liderazgo nacional del actual presidente del ejecutivo –que otorga mejor trato al separatista Torra que al jefe de la oposición-  es nula. Compararlo con la figura de Suárez sólo puede producir melancolía. Sánchez, aparte de otras consideraciones acerca de su capacidad intelectual, es un sectario extremista que escupe a la cara de los que no somos de su cuerda cada vez que habla. Por lo demás, su proverbial adicción a la mentira hace inverosímil cualquier expresión de voluntad de cambio en este aspecto.

La necesaria unidad del país no puede hacerse en torno a un extremo, y con un líder tan poco fiable –los hechos están ahí para demostrarlo- como Sánchez. Por lo tanto, lo primero que tenía que hacer es desprenderse de su socio de gobierno y acercarse a las posturas moderadas. Todo lo demás es pura maniobra de distracción. Como no creo que lo vaya a hacer, la única alternativa para alcanzar un pacto nacional sería que él se fuese.

Así que invocar los Pactos de la Moncloa con tales ingredientes parece, a día de hoy, tan pretencioso como inútil, porque se requerirían unas premisas muy diferentes para alcanzarlos. Es evidente que la gravedad de la situación hace más que deseable ese pacto entre las grandes fuerzas políticas, pero eso es diametralmente opuesto a lo que Sánchez ha venido practicando hasta el presente, y nada indica que vaya a cambiar. Al contrario, lo único que cabe esperar es que intente una vez más engañar a todo el mundo para salvar su pellejo. Esa es la única finalidad que se le puede adivinar: hacer copartícipes  de su fracaso a las fuerzas de la oposición para así eludir sus responsabilidades. En definitiva, su oferta de acuerdo más que una mano tendida es un abrazo de oso.


domingo, 12 de abril de 2020

LA HORA DE LAS CACEROLAS


Este país, como a la izquierda le gusta decir, fue en tiempos de los romanos llamado Hispania. Entre las hipóteis que se barajan sobre la etimología de esta palabra es bien conocida la de que el topónimo significa “tierra de conejos”. Pues bien, los habitantes actuales de esta tierra de conejos llevamos ya casi un mes confinados en nuestras madrigueras y no se ve el momento en que vayamos a poder volver a salir a disfrutar de nuestra libertad.

En todo este tiempo el Gobierno de la nación lo que ha hecho es comprar a las televisiones privadas con 15 millones de euros para que transmita la propaganda que ya difunde sobradamente la televisión pública, librarse del control parlamentario de la oposición, impedir el trabajo de la prensa libre mediante ruedas de prensa amañadas, o coartar la libertad de expresión de los ciudadanos expresada a través de las redes sociales. De los test, las mascarillas o los respiradores, que era a lo que debería haberse dedicado para que esta clausura fuese lo más breve posible, todavía no está claro qué haya pasado para que sigamos a día de hoy esperando.

Entretanto los “conejillos”, que somos los que estamos cargando con todo el coste de vencer a la  epidemia con nuestra ejemplar y cívica disciplina mientras el gobierno experimenta a ver si es capaz de hacer algo eficaz por su parte, nos expresamos cada tarde aplaudiendo a los verdaderos  héroes en esta guerra, que son los profesionales de la sanidad. Gesto loable y merecido sin duda. Pero viendo la actitud prepotente y desafiante del presidente del Gobierno en el Congreso el otro día no me extrañaría nada que algún día semejante cínico engreído salga diciendo que los aplausos eran para él, igual que ha dicho que la gestión de la crisis de su gabinete está siendo la mejor del mundo.

Por esto pienso que ya va siendo hora de que cambiemos las bienintencionadas palmitas de las ocho por las cacerolas. Al menos rienda suelta a nuestro cabreo, y que se enteren de verdad nuestros gobernantes de lo que pensamos de ellos. De otra manera corremos el riesgo de que alguien por ahí empiece a cuestionándose si aquello de Hispania no significaba más bien “país de borregos”.

viernes, 10 de abril de 2020

LA PIEDRA ANGULAR



Tarde de Viernes Santo. Tarde oscura de dolor y muerte. La tarde más aciaga de la historia de la humanidad. Y en medio de tanta desolación, ahí está María sosteniendo en sus brazos el cuerpo exangüe de nuestro Salvador. Es la piedra que desecharon los arquitectos, pero no así su madre, mujer sencilla y bendita de Nazaret, Madre nuestra de la Piedad.


Los arquitectos de este mundo de hoy, los que construyen una sociedad materialista que no sabe a dónde va porque no encuentra sentido, ahogada en el hedonismo y el consumismo, siguen desechando aquella piedra. Creen tenerlo todo controlado. Creen poder asegurarnos el paraíso en la Tierra, y sin embargo no pueden defendernos de un simple virus. La soberbia del hombre es superlativa. Cree poderlo todo con su ciencia, pero a la vista está que la ciencia no lo resuelve todo y en todo momento. ¿Quién hará justicia a las decenas de miles de fallecidos en condiciones inhumanas? ¿Podemos esperar en la justicia de los hombres? ¿Dónde serán recompensadas las víctimas inocentes de nuestro mundo, a quienes la ciencia no alcanzó a salvar? Sólo con una perspectiva trascendente podemos confiar en una verdadera Justicia.

Es necesario un momento de reflexión, un acto de humildad. Desearía estar esta tarde, como tantos Viernes Santos, con María, junto a la cruz,  con la gente sencilla que la acompañó en aquellos tristes momentos, y que no desesperaron a pesar de la injusticia que tenían delante. Quisiera adentrarme en secreto entre los blancos muros del exconvento de la Paz. Atravesar sin que nadie me vea el compás, pasar a hurtadillas ante el alto ciprés que tanto sabe de nuestra vida de  hermandad, y alcanzar la recogida soledad de la iglesia. Y allí arrodillarme ante el misterio, despojado de apriorismos y certezas mundanas, a contemplar el cuerpo maltrecho de nuestro Padre Descendido de la Cruz y la consoladora Piedad de su Madre. Hacerme humilde y sencillo, como fueron los discípulos, gentes del pueblo llano, e intentar escuchar y sacar las enseñanzas que en este momento difícil puede insuflarnos el Espíritu.

Este año, la tarde del Viernes Santo será especialmente triste porque me faltará, nos faltará a todos los hermanos de la Sagrada Mortaja, la cercanía física de nuestros Titulares, aunque los tengamos en el corazón. Pero igual llegará, no lo dudéis, la mañana del Domingo de todos los domingos. Igual llegará el anuncio de la Resurrección, de la victoria de la Vida sobre la muerte, como llegará el día en que hayamos superado esta epidemia. Llegará el día en que Dios hará su justicia. Las mujeres que ahora se arrodillan ante su cuerpo sin vida  -Magdalena, Salomé, Cleofás- correrán a proclamar, porque se lo dijo el ángel, que ya no está entre los muertos el que Vive. Y el Jesús del madero volverá a estar en la mar de Galilea junto a los suyos. Y será entonces la Piedra Angular. Incluso aunque nosotros, ¡ay!, sigamos probablemente sin enterarnos. 

jueves, 9 de abril de 2020

¿DÓNDE ESTÁS GRAN PODER?



¿Dónde estás Gran Poder? ¿Dónde estás que no pude verte esta noche por las calles de Sevilla? Madrugada más oscura no conocieron los siglos. ¿Dónde estás que no puedo rezarte en tu templo? ¿Nos has abandonado? ¿Has abandonado a tu pueblo en esta hora de tribulación? ¿No vas a guiarnos con tu zancada firme y poderosa? ¿No nos vas a consolar con tu tierna y mansa  mirada?¿No nos vas a librar de este mal que nos aqueja?

Dolor. Sufrimiento. Mal. Muerte. ¿Por qué? ¿Por qué lo permites, Señor? ¡Cuántos no se habrán apartado de ti al no encontrar respuesta a estas preguntas! En nuestra desesperación y debilidad no alcanzamos a ver otra cosa que tu poder, y al mismo tiempo tu silencio. Y sin embargo no nos damos muchas veces cuenta de que tú mismo eres el Varón de Dolores que anunció Isaías. De que tú mismo fuiste Víctima Inocente inmolada por nuestros pecados. De que tú, Supremo Bien, recibiste como pago a tu bondad el desprecio de los hombres. No lo podemos entender. La razón de ser del mal es un misterio. Pero al abrazar tú nuestra condición humana lo hiciste plenamente, sin zafarte de nuestros sufrimientos, cuando podías seguramente haberlo hecho. Por eso vas agarrando ese pesado madero con tus manos bondadosas. Por eso tu noble cabeza va coronada de espinas. Por eso en tu divino rostro se refleja toda la hondura de tu dolor. Por eso la majestad que revelan tus potencias, es una majestad humillada por el odio de tus verdugos. Por eso estás en un eterno equilibrio entre tu poder y el peso de la cruz.

Sabes mejor que nadie lo que es el sufrimiento y el dolor. Porque te lo cuentan tantos sevillanos que acuden a ti en busca de aliento, pero también porque tú los padeciste. Te dijeron “bájate de la cruz” y tú no lo hiciste. Sí, tú que todo lo puedes, tú que a otros habías salvado, no te salvaste a ti mismo. Asumiste tu condición de Cordero hasta el final. Incluso llegaste a pensar que el Padre te había abandonado, como hacemos nosotros cuando parece que no nos escuchas. Pero no, el Padre estaba allí, sosteniéndote, unido a ti en tu sacrificio, para finalmente rescatarte de la muerte.

Señor del Gran Poder, quizá no podamos pedirte que nos liberes de este dolor que hoy nos aflige. Sólo tú sabes por qué. Como sólo el Padre sabía por qué no podía apartar de ti el amargo cáliz de tu pasión. Hágase tu voluntad y no la nuestra. No podemos acudir a ti como quien hace un trueque, un do ut des, esperando una intervención “mágica” que evite nuestro sufrimiento. Esto no es propio de una fe madura. Si tú no lo hiciste ¿somos nosotros de mejor condición? Pero sí que te pido, Señor de Sevilla, que nos acompañes, nos sostengas y nos reconfortes. Aunque hoy no pueda verte yo sé que tú estás sufriendo con nosotros, que no nos has abandonado. Estás en los enfermos. Estás en sus familiares y amigos. Estás en tantos sanitarios que con fe están luchando en el frente de combate. Que tu amor y tu misericordia lleguen a todos ellos, Señor. Y a todos los que te seguimos y confiamos en ti, porque sólo tú tienes palabras de Vida Eterna.

SE TE ESPERA, ESPERANZA


Se te espera, Esperanza. En esta mañana de Jueves Santo sin sol, de cielo triste y gris, sin mantillas que pasean orgullosas visitando las iglesias, sin colas para verte por la calle Bécquer, sin chaquetas con lacitos en la solapa, sin plumas de los armaos que hacen guardia en la Basílica…A pesar de todo, se te espera. Y han colocado los vecinos adornos en balcones y escaparates para que nadie se olvide de qué día es hoy.

Se te espera en calle Feria. Se te espera junto al Arco. Se te espera en la Cruz Verde y la Alameda. Y por San Juan de la Palma, y en la Plaza de los Carros. Se te espera en Sor Ángela y Espíritu Santo..…Toda Sevilla te espera, pero más aquí, en tu barrio, pese a tenerte tan cerca, que siempre que podemos vamos a verte a casa.

Sí, ya sé que este año no vendrás tú a visitarnos. Que estás encerrada. Confinada como tu gente. A través de la red puedo verte en tu camarín. Que ni siquiera hubo lugar a entronizarte en tu paso. Este año el atrio está desierto y las puertas están cerradas. Y no se abrirán. No vendrán nazarenos de negro a pedir venia alguna desde San Lorenzo. Ni la centuria hará su ronda anunciando la Madrugá.

Este año me tendré que conformar con soñarte, que es otra forma de tenerte cerca. Te soñaré girando lentamente en Resolana junto a los Altos Colegios y viniéndote hacia mí de lejos, ascua de luz en la noche por la calle ancha, hasta llegar al balcón de José, con sus mejores galas. Soñaré ver venir esos ciriales en frágil equilibrio, movidos por la bulla que se arracima delante de tu paso. Soñaré la saeta y soñaré la marcha y el rumor de tus bambalinas a compás, en ese silencio que se hace siempre cuando tú pasas, que sólo se rompe para gritarte “guapa” cuando ya alguien no puede contenerse y proclama la verdad de lo que todos estamos pensando. Te soñaré, me soñaré, caminando un ratito junto a ti, embelesado en tu rostro resplandeciente en ese trocito bajado del cielo que es el espacio que delimita tu palio, mientras se mueven las mariquillas verdes en tu pecho, que parece que vas respirando... Soñaré ver las caras de la gente que no tiene ojos nada más que para ti. Miradas que suplican, miradas que rezan. Te soñaré pasando a los sones del maestro Gámez Laserna y dejándote ir camino de Sevilla…Y luego, a la mañana, te soñaré de vuelta por Montesión, y Omnium Sanctorum y el Mercado…. Con la candelería baja, las flores arrebatadas, los mocos renegríos de la cera y una luz diferente en tu cara, pero igual de hermosa. Que de frente y de perfil, por la noche o por el día, ¡más buena moza no cabe!.  Te soñaré esperándote junto a los míos en Relator, junto a los azulejos que os representan a ti y a tu Hijo. No es extraño que en ese momento, aún en sueños, se me escape alguna lágrima, con tantas emociones ya acumuladas. Soñaré verte marchar hacia Parras, y acaso otra vez cuando pases por la esquina de mi calle, porque nunca me canso de mirarte, hasta que tu manto y último guardabrisa de tu candelabro se pierden de vista.

Estoy seguro, Esperanza, de que no nos abandonarás esta noche. Que estarás en nuestros sueños y en nuestros corazones. Que estarás en esos hospitales donde tanta falta haces. Que estarás consolando a los que sufren la enfermedad y a los que han perdido a seres queridos. Que estarás junto a los que luchan en primera línea contra el mal. A tí, Esperanza, suspiramos en este valle de lágrimas. Y después de este destierro, el año próximo si Dios quiere, muéstranos de nuevo al fruto bendito de tu vientre por las calles de Sevilla, y vuelve a mostrarte cercana a nosotros y en toda tu belleza, para que podamos  gozar otra vez de tu presencia en una nueva Madrugada. Podemos esperar un año más. Te esperaremos siempre, Macarena.

martes, 7 de abril de 2020

CALLE ORIENTE... ¿MARTES SANTO?


Hoy es el día en que no podía faltar. Nunca lo hice. Siempre el Martes Santo estuve en la Calzá. Desde que era niño e iba a casa de mis abuelos, frente  a la casa de las Hermanitas de los Pobres. Desde los balcones veía ilusionado cómo entonces, al final de la mañana, se iban colocando por el amplio jardín del asilo las insignias en torno a las que se conformarían luego los tramos de la cofradía, señal inequívoca de que llegaba la hora de vestir la túnica.  Incluso las escasas veces en que no salí formando parte del cortejo, jamás falté a mi cita en la calle Oriente. Años hubo, pocos gracias a Dios, que tuve que volverme por la lluvia antes de tiempo. Pero aun así allí estuve, sintiendo el calor de mis hermanos, de mi gente, del ambiente, de mis Titulares.

Siempre al llegar al templo, lo primero rezar ante Ellos. Por eso no me gustaba salir en tramos que formasen en las hermanitas, sin pasar por la iglesia. Pedir por mí y por los míos. Dar gracias por poder vivir aquello un año más. Los nervios que te comen hasta entonces -mientras te vistes, te preparas, te desplazas- se templan una vez allí con la charla con tantos amigos, que nos conocemos casi desde niños, a muchos de los cuales se ve de año en año. La hermandad es eso. Una mirada al cielo, y otra al que tienes a tu lado. Eso lo aprendí sobre todo en mis tiempos de costalero. Incluso si al final no se sale, ese rato es impagable. Todo eso ha faltado este año.

Es cierto que hubo otros años en la historia de las cofradías en que no hubo procesiones de Semana Santa. El último de ellos, el 33 de la pasada centuria –el 32 sólo hubo una-. Pero aún en esos tristes momentos los cofrades pudieron estar unidos junto a las imágenes de su devoción en estas fechas. Se celebraron cultos. Se montaron altares. Se hicieron turnos de vela…Este año no. Por eso esta situación no tiene precedente en nuestra ciudad. Ni podemos estar con Ellos ni podemos estar con nosotros, los que nos unimos bajo su advocación, más que de manera virtual.

La calle Oriente está hoy desierta, como si hubiera sido transportada a cualquier otro lugar del orbe donde la Semana Santa es sólo una semana más del año. O como si las cofradías se hubieran extinguido de la faz de la tierra. Algo como de película de ciencia ficción. Podría compararlo a esa escena famosa en que aparece la Estatua de la Libertad derruida en una playa. ¿Fue aquello alguna vez Nueva York? Insólito. Me pellizco ¿es Martes Santo? Sí que lo es. Sin embargo la puerta de la parroquia está cerrada. Como lleva ya hace algunas semanas. Quizá esto haga las delicias de algunos. Dentro están nuestros Titulares. Solos. He visto alguna foto en las redes. Siempre me ha impresionado la soledad en que queda el templo una vez que se marcha la cofradía. Pero más impresionante tiene que ser la soledad de esta tarde de Martes Santo, con las imágenes en sus altares, sin recibir las oraciones de Sevilla, ni llevar su bendición a quienes las esperan.

Durante tiempo tuve una pesadilla recurrente, compartida con otros “locos de las cofradías” como yo. En el fondo los cofrades somos así: un poco como niños grandes. Pero ya lo dijo el Maestro: si no os convertís y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos.  Por lo tanto eso no debe ser en nuestro caso precisamente un descrédito. Un poco niños y un poco locos. De amor, por supuesto. Si no fuera así, no sería posible seguramente el milagro de nuestra Semana Santa. Ocurría en esa pesadilla que el Martes Santo llegaba tarde a la cofradía y ya se había ido. O cuando llegabas te dabas cuenta de que te faltaba el cíngulo, o la faja costalera, o cualquier otro elemento del atuendo y te tenías que volver a casa…y cuando regresabas, ineludiblemente la cofradía ya se había ido. ¿Por dónde irá? ¿Cómo me incorporo ahora? Sin vara, sin cirio…¿quién habrá ocupado mi sitio en la trabajadera?....Afortunadamente despertabas y era eso, sólo un sueño. Jamás llegué tarde a la cita. Jamás olvidé el más mínimo detalle de la indumentaria. Jamás perdí un relevo. Siempre completé la estación cuando la hice…Ojalá esto que estamos viviendo fuera sólo un mal sueño. Pero no, es la verdad de lo que nos ha tocado vivir. Probablemente no es lo más grave, dadas las circunstancias, pero para los que sentimos esto es algo que nos impacta. Algo que jamás hubiésemos pensado que pudiera ocurrir, ni en nuestra peor pesadilla cofrade. Una calle Oriente desierta en Martes Santo.

lunes, 6 de abril de 2020

DOMINGO DE AUSENCIAS


Ha sido sin duda el Domingo de Ramos más triste de mi vida.  Hay razones evidentes, pero otras van por dentro. Y no pudo mi pena recibir el consuelo de la tuya, Amargura, que te quedaste encerrada, como todos nosotros, sin poder lucir por las calles de Sevilla tu remozada belleza. Ni el tuyo, Estrella, que tanto significas en mi vida, y que no pudiste volver a procesionar desde tu antigua casa de San Jacinto, donde te conocí siendo niño. Tampoco el tuyo, Hiniesta, que este año no viniste a inundar con tu río azul y plata las calles de mi barrio, que estuvo triste y apagado toda la jornada, incluso cuando el sol se hace dueño de Relator, a la hora de marcharse hasta otro día.

No hubo blancura de Paz por el parque, ni banquete eucarístico en los Terceros. No hubo bulla en la plaza de Molviedro, ni entrada triunfal en la Campana. No hubo Amor que midiese las estrecheces de Francos, ni hubo Gracia derramada desde Puerta  Osario. Ni hubo fiesta en Triana o la Alameda. Ni cantos de ángeles por Sor Ángela. No hubo marchas. No hubo incienso. No hubo niños estrenando túnicas blancas. No hubo gente por la calle endomingada. No hubo ni ramos ni palmas. No hubo siquiera espera ilusionada. No hubo nada.

Este año todo fue ausencia. Sólo la memoria podía proporcionarme asideros donde agarrarme. Donde poder ubicarme y orientarme en este desierto desconocido para nosotros de una Semana Santa sin cofradías. Donde poder anclar la experiencia de un Domingo de Ramos en este escenario insólito. Memoria de días felices que tal vez no se repitan. La memoria de nuestras Semanas Santas es la memoria de nuestra vida. Todos los años buscamos revivir esas experiencias ligadas a nuestras devociones que van dejando marcas en nuestro existir. Pero este año la memoria se quedó sola, abandonada, sin materia en que corporeizarse. Quizá podía haberme abstraído, y vivir la jornada como otro día cualquiera, dentro de la monótona rutina que nos impone el confinamiento. Olvidarme de lo que marca el calendario y anestesiar así el sentimiento. Pero no pude. Sucumbí a la tentación de sentir, aunque fuese dolor, porque lo contrario, no sentir, es como estar muerto. Y fui rememorando con nostalgia hora a hora, sitio a sitio, música a música, rezo a rezo. ¡Ay, cuánto duele el recuerdo cuando quiere y no puede hacerse vivencia! Ayer, como al poeta, la memoria escogió el camino más corto para herirme.