martes, 21 de marzo de 2017

EL ESCÁNDALO DE LA VERDAD

La primera de todas las fuerzas que dirigen el mundo es la mentira”. Esta es la idea matriz que defiende el filósofo francés Jean-Francois Revel en su libro “El conocimiento inútil”. Para comprobar cuánto de cierto encierra esta frase no hay más que ver cuanto está ocurriendo en estos días con el autobús de la organización Hazte Oir. En la era de la posverdad lo que escandaliza es precisamente que se diga la verdad a secas, sin prefijos. Porque no otra cosa dice el mensaje del famoso autobús: una verdad incontestable, cuando menos desde el punto de vista biológico. Pero esta sociedad desquiciada e inmadura no soporta la verdad, y prefiere hacerse trampas al solitario inventándose mil y una teorías para esquivarla y amoldarla a sus caprichos. Es así cómo sorprendentemente decir una verdad, por decisión arbitraria del pensamiento único imperante, se convierte en “odiar”. Cuando hace unos años un grupo proselitista ateo puso a circular por varios países de Europa un autobús con el lema “Probablemente Dios no existe, deja de preocuparte y disfruta de la vida”, a nadie se le ocurrió tacharlo de “creyentófobo”. Sin embargo cualquier cosa que se diga en contra de los postulados del movimiento LGTB,  se convierte, interesadamente, en un supuesto acto de odio hacia las personas por su condición sexual.
Lo diré claramente y sin ambages: a mí las personas homosexuales, bisexuales, transexuales, etc me merecen todo respeto, pero el movimiento LGTB no me merece ninguno. Simplemente porque sus militantes no respetan nada ni  a nadie que les contradiga en su voluntad de imponer su credo a toda costa.
Cualquiera que esté medianamente informado sabe que el autobús de Hazte Oir no va en contra de las personas transexuales, y mucho menos de los niños. Lo que va en contra es de la ideología de género, y sobre todo, de que esta se imparta en las escuelas como dogma oficial. La ideología de género es, en mi opinión, un disparate sin ninguna base científica. Allá cada cual que lo quiera comprar, pero que no nos la impongan a los que no comulgamos con ella, y mucho menos a nuestros hijos. Hay que recordar que la iniciativa del bus no es autónoma, sino que surge como respuesta a otra campaña anterior en la que falsariamente se defendía que hay niños con vulva y niñas con pene.  Pero todo esto a la jauría no le interesa. Nuevamente la verdad queda relegada. Es la mentira la que se impone con la finalidad totalitaria de aplastar a los discrepantes. Incluso habiendo voces de transexuales muy de acuerdo con el mensaje de Hazte Oir, nadie las escucha, porque no interesa la verdad.
El penúltimo episodio –porque habrá más-  lo hemos vivido hoy. En Pamplona, una tipa se agarra a la puerta del autobús en marcha y se deja arrastrar por él hasta caer al suelo (eso lo he visto yo en el video). Las redes y, lo que es más tremendo, la prensa hablan sin embargo generalizadamente de una joven “atropellada por el autobús”. Ciertamente la fuerza del lobby gay es asombrosa. Si Revel levantara la cabeza seguro que dedicaba un capítulo a este episodio en una edición revisada de su libro. 

lunes, 13 de febrero de 2017

UN CUENTO MASÓNICO

Juan Carlos Muñoz. Diario de Sevilla.
Por fin un título que agota las localidades para sus cuatro representaciones desde días antes del estreno. Pero Wolfgang ¿qué les das? No pensaba yo que “La flauta mágica” tuviese tanto tirón ¿O es que se ha acabado, por fin, la crisis? Motivos ambos para alegrarnos, en cualquier caso.
A pesar de todo, alguna deserción hubo entre el público. Hacía falta tener ganas de ópera para moverse de casa en una tarde de perros como la de ayer. Máxime si, como en mi caso, andaba uno, al calor del hogar, enfrascado en la lectura de un novelón como “Patria”. Pero cuando se saca el abono es difícil predecir la meteorología, así que chaquetita y corbatita, en honor de los “trabajadores de la cultura”,  y caminito del Maestranza, donde nos esperaba el reino de la luz y de la verdad, desafiando, cual Tamino,  a los elementos y a lo mal que están hechas las calles en Sevilla. ¿Dónde estaban los funcionarios municipales el día que recepcionaron el acerado del Paseo de Colón?¿De parranda? ¡Qué chapuza!¡Con lo estrictos que son para otras cosas!¡No se pueden juntar más charcos en menos espacio! Por cierto, que recomendaría a la dirección del teatro que pusieran unas maquinitas de esas que hay en las tiendas –o en el Museo de Bellas Artes-  para enfundar los paraguas, y así no poner el vestíbulo hecho un asco cuando llueve.
Un elenco muy nacional (sólo dos voces foráneas) y muy joven el que se anunciaba. Tanto que no tenía referencia de la mayoría de sus integrantes. Apuesta arriesgada a la vez que inteligente, pues el conjunto fue muy notable. Los que más me gustaron fueron sin duda Papageno (Peter Kellner) y Pamina (Erika Escribá). También Monostatos (Mikeldi Atxalandabanso). Más limitados vi a Tamino (Roger Padullés), Sarastro (Javier Borda) y la Reina de la Noche (Sara Blanch), aunque defendieron bien sus papeles. Los demás solistas y coro también cumplieron sobradamente. Y sobre todo me encantaron los niños de la Escolanía de los Palacios ¡qué nivel!¡qué soltura!¡qué manera de cantar! La orquesta, con Halffter de nuevo al frente,  estuvo menos brillante, más irregular que otras veces, pero en todo caso foso y voces consiguieron momentos de gran belleza. La producción traída del Teatro Regio de Turín me pareció un poco ñoña, pero funcionó. Sin alardes, pero también sin excentricidades.
“La flauta mágica” es una sucesión de hermosas melodías, un derroche de creatividad mozartiana al servicio de una historia, que es como un cuento,  que, según dicen, encierra un ritual de iniciación masónica. La historia de un camino iniciático que conduce a la sabiduría y a la felicidad. Todo muy bonito. Pero al mismo tiempo hay que darse cuenta de lo machistas que eran estos masones, si es que Schikaneder, masón él como Mozart, se refería  realmente a ellos en este singspiel. Aparte de continuas exaltaciones de la virilidad, se pueden encontrar en el libreto algunas perlas como estas:
-“¿Así que te ha ofuscado una mujer? Una mujer hace poco y charla mucho” le reprocha el Orador a Tamino. O “un hombre debe guiar vuestros pasos pues sin él suelen las mujeres sobrepasar la esfera que les corresponde”, que le espeta Sarastro a Pamina. O esta otra: “Pura palabrería, repetida por mujeres..” según explica Tamino a Papageno  para desacreditar las acusaciones contra Sarastro.

Esto dicho en alemán pasa desapercibido para los que no entendemos la lengua de Goethe, y nos quedamos con lo bonito de la música. Pero en las traducciones se puede leer. A lo mejor por eso le tenía tanta inquina la Reina de la Noche al machista Sarastro. A veces las ideas más aparentemente luminosas esconden grandes sombras. A ver si va a resultar ahora que la reaccionaria reina es la buena y el sabio misógino el malo. A ver si va a resultar ahora que Donald Trump, aunque sabio no parece,  es masón.

viernes, 9 de diciembre de 2016

BOLENA SUBLIME

Ana Bolena es el nombre de la segunda de las seis esposas de Enrique VIII de Inglaterra y el de la primera de las óperas con las que Gaetano Donizetti presentó verdaderamente sus credenciales para figurar en el Olimpo del belcantismo junto a los ya entonces consagrados Rossini y Bellini. Se trata además de la primera de las obras de la trilogía que el compositor de Bergamo dedicó a las reinas de la disnastía Tudor, que se completa con “Roberto Devereux” y “María Stuarda”. Sólo tenía una referencia de esta ópera, pero menuda referencia: la de su representación en Viena en 2011, con Netrebko, Garanca, D’Arcangelo y Meli a las órdenes de Evelino Pidò (disponible en DVD).

El Teatro de la Maestranza ha programado esta obra como único título novedoso de la presente temporada y con un cartel, como dirían los taurinos, perfectamente rematado. Dos figuras internacionales como Angela Meade  y Ketevan Kemoklidze, debutantes aquí, junto a magníficos cantantes españoles ya conocidos en la plaza como Ismael Jordi, Simón Orfila, Stefano Palatchi, Manuel de Diego y Alexandra Rivas, bajo la dirección de un reputado donizettiano como Mauricio Benini, discípulo nada menos que de Giannandrea Gavazzeni, el recuperador de este título en tiempos de la legendaria María Callas.

A pesar de lo atractivo del elenco, la primera sorpresa, negativa, de la velada es que el teatro no se llenó, algo que pasa últimamente demasiadas veces. Es preocupante que esto ocurra en una ciudad que, aparte del potencial público autóctono, cuenta en estos días de superpuente con una importante afluencia turística. Algo debe estar fallando en la promoción. Por ejemplo, no sé si las habrá en algún sitio, pero yo no he visto en esta ocasión las tradicionales banderolas que me ayudan a recordar cuándo se aproxima una nueva cita del abono. En todo caso, los que faltaron ayer aún están a tiempo de recuperarse en las tres funciones que restan. No se arrepentirán.

Para empezar, me gustó la propuesta escénica de Graham Vick, otro de los atractivos de la función, moderna y clásica a la vez, de impacto visual pero respetando el libreto, la época, etc, y con hábiles cambios para ambientar, con pocos elementos, las numerosas escenas que se alternan en los dos actos de la obra. Merecen mención el vestuario y, como detalle menor, pero que también suma en lo que es el nivel de una producción,  el trabajo de peluquería con la protagonista.

En el apartado vocal diré que me encanta la forma de cantar de Ismael Jordi y me gustaría verlo con más frecuencia por Sevilla en papeles de más enjundia que el de Lord Percy, que resolvió sobradamente con exquisito gusto. La mezzo georgiana Ketevan Kemoklidze,  que hace unas fechas ya intervino en un concierto de la ROSS, viene avalada por la consecución de prácticamente todos los premios ganables. No cabe duda de que posee una bellísima voz y que sabe cómo emplearla, pero quizá es un poco ligera para una Seymour. De Simón Orfila se ha dicho que es más bajo-barítono que bajo estrictamente. Quizá por eso su Enrico, el papel menos agradecido del reparto, sonó más potente que grave, y con cierto vibrato al inicio, que fue no obstante desapareciendo. Sobre el coro referiré los elogios que le dedicó Benini en la víspera, y destacaré en esta ocasión a las voces femeninas, especialmente en su bellísima introducción de la escena final. En cuanto a la dirección del maestro italiano en su tercera comparecencia en nuestra ciudad, siempre con títulos belcantistas, fue cuidada en las dinámicas y en los detalles, ofreciendo una lectura perfectamente adecuada para el lucimiento de las voces.

Pero el reinado de la noche, como no podía ser menos, estaba reservado a la protagonista. Y no defraudó en absoluto las expectativas. Aunque el inicio fue comedido, luego fue ganando altura, y de qué manera, hasta la estremecedora escena de la locura, precedente de la más famosa de Lucía. La Meade tiene todo lo que es musicalmente exigible para un papel tan exigente. Quizá deba mejorar su faceta actoral, pero su voz es capaz de emitir con fácil naturalidad desde esos increíbles filados que dejan sin respiración a todo el auditorio antes que a la propia intérprete, hasta  unos sobreagudos de impecables  colocación y emisión, no faltándole facultades ni para los graves ni para las agilidades. Su interpretación fue sencillamente sublime, y arrancó la entusiasta respuesta del público.

Mostraba yo aquí mi pesar por la cancelación del año pasado, cuando la soprano estadounidense estaba anunciada en Norma, otro de sus papeles favoritos. Ha merecido sin embargo la pena esperar este tiempo para escuchar esta Bolena que quedará para el recuerdo.    



sábado, 26 de noviembre de 2016

A VUELTAS CON LA EDUCACIÓN

Una de las leyendas urbanas  más extendidas entre la desorientada opinión pública española es la de que desde que se retomó la democracia en nuestro país, cada gobierno ha impuesto su modelo educativo de forma que la educación en España viene dando continuamente bandazos a diestra y siniestra desde hace décadas, sin encontrar un camino cierto. Hasta a gente que suponía mejor informada, como el filósofo Fernando Savater, le he leído en los últimos días decir algo de esto.

Nada más lejos de la realidad. La primera ley educativa gestada en democracia fue la LOECE en 1980, impulsada por UCD. Pero determinados problemas de constitucionalidad denunciados por el PSOE y el posterior acceso al Gobierno de este partido hicieron que la ley no entrase nunca en vigor. La formación política liderada entonces por Felipe González impulsó primero la LODE, (1985), luego la LOGSE (1990), que supuso el fin de la hasta entonces vigente LGE de 1970, y por último la LOPEG (1995). Los estragos que la segunda y más importante de estas normas ha causado en la calidad de la enseñanza en España son sobradamente conocidos. Una generación entera de españoles puede considerarse víctima de la LOGSE. Para corregirlos, el PP, en el segundo gobierno de José María Aznar (ya tardó), aprobó la LOCE en 2002, pero la llegada al poder de Zapatero volvió a impedir su aplicación, como  ocurriera con la de la UCD. En 2006 se aprobó una nueva ley, la LOE. Esta, del PSOE como se sabe, por supuesto que sí entró en vigor y es la que ha regido hasta ahora, a expensas de lo que ocurra definitivamente con la LOMCE, aprobada en la anterior legislatura (2013), pero pendiente de aplicación. Es decir, que desde que se instauró el régimen constitucional de 1978, las únicas leyes aprobadas en democracia que han regulado la educación en España han sido leyes socialistas.

Cuando Mariano Rajoy accedió a la presidencia del Gobierno, aupado por una notable mayoría absoluta obtenida en las urnas para encarrilar el desastre en todos los sentidos a que el zapaterismo había llevado al país, una de las decisiones que más me sorprendió es que se nombrase ministro de Educación a un independiente, José Ignacio Wert, como si en el Partido Popular no hubiese gente solvente y con las ideas claras acerca de qué hacer en este campo. Así, el sr Wert acometió a su aire una de las pocas reformas no económicas emprendidas por el Gobierno en la anterior legislatura, y sacó adelante la LOMCE, contra una oposición generalizada. Quiero decir con esto que aunque el partido, sumiso como siempre, defendió como suya la reforma, era más bien la reforma del Gobierno, liderada por un señor independiente. Quizá con ello Rajoy pretendió precisamente desideologizar el asunto, vano empeño cuando se tiene enfrente a todo el aparato de la izquierda que pretende que la educación sea un coto privado suyo y sólo suyo.

En la situación actual, la LOMCE va canino de ser de nuevo una ley non nata. Con el nuevo Gobierno en minoría, se habló primero de rectificar algunos de sus puntos. Ahora ya abiertamente de derogarla y hacer una nueva consensuada. A mi me parece muy bien que se busque el consenso. Lo que me preocupa, y así me temo que ocurrirá, es que ese consenso se consiga sólo a base de ceder frente a los que más gritan, y el resultado sea de nuevo una ley de educación no del consenso sino de la izquierda. Mi confianza a ese respecto en Mariano Rajoy es prácticamente nula.


sábado, 29 de octubre de 2016

VEINTICINCO AÑOS DESPUÉS


Wiener Staatsoper
Era otoño, como ahora, y estábamos en Viena. Habíamos ido allí en un viaje especial, uno de esos viajes que en principio uno piensa hacer sólo una vez en la vida. Al menos así fue en tiempos. Ahora ya nunca se sabe. Habíamos ido por la mañana a visitar el suntuoso edificio de la Ópera Estatal, inaugurado por el emperador Francisco José y su popular esposa Sissi -aunque la actual fábrica se debe casi en su totalidad a su reconstrucción obligada tras la Segunda Guerra Mundial- y a cuya historia están ligados los nombres de Gustav Mahler, Richard Strauss, Herbert von Karajan, Lorin Maazel o Claudio Abado, entre otros. Al terminar la visita supimos con sorpresa que aún quedaban entradas para la representación de la tarde...¡de pie!. Y no lo dudamos. Eramos jóvenes y audaces. Tuvimos que comer pronto e ir al hotel a cambiarnos, porque allí las funciones comienzan temprano. Mi experiencia hasta entonces del espectáculo operístico era prácticamente nula. Sí que conocía la música de muchas obras, por los discos de vinilo que tenía en casa, y había visto alguna retransmisión en televisión. Pero en aquella época en Sevilla no había temporada y si se representaba algo en el Lope de Vega era muy de tarde en tarde. Así que fui a estrenarme nada menos que en la ciudad de los valses y con una obra de Richard Wagner: “Tannhäuser y el torneo de canto de Wartburg”. Dos ilustres como Heinrich Hollreiser y Otto Shcenk eran los responsables de la dirección musical y escénica respectivamente. Entre las voces, ya estaba allí Kurt Rydl, junto a Toni Krämer, Wolfang Brendel, Sharon Sweet o Uta Priew. Nada más comenzaron los sones de la obertura a fluir desde el foso, que se veía allí abajo, semi iluminado en la oscuridad del teatro, fui completamente abducido por la música. Luego vinieron el concurso de canto, precedido por la brillante entrada de los invitados, el coro de los peregrinos, la canción de la estrella, la narración de la peregrinación y a Roma y el grandioso y emotivo final. Fue tal la impresión que aquello me produjo que desde entonces me quedé enganchado a la ópera, hasta ahora.

Han pasado justamente veinticinco años desde entonces y el Teatro de la Maestranza ha tenido “el detalle” de volver a programar el titulo (ya lo hizo en con aquella dirección de escena de  Werner Herzog, que después vi repetida en Madrid) aunque en esta ocasión en la versión de París.

El probablemente increyente y entusiasta revolucionario Richard Wagner utilizó esta historia de trasfondo religioso, con lo que satisfacía a sus católicos patronos de Dresde, para criticar solapadamente la hipocresía y el maniqueismo de la sociedad de su tiempo, en la que el pecado del sexo era el peor de todos. Es por eso que el director de escena Achim Thorwald ha resaltado este aspecto utilizando los colores blanco y negro, predominantes en todo el segundo acto. Es ese maniqueismo el que hace que el protagonista tenga que debatirse durante toda la obra entre polos que se presentan opuestos: amor o lujuria, pecado o redención, sensualidad o penitencia, carne o espíritu. Probablemente Wagner tuviera en mente un ideal de mujer que unificara la dignidad y el señorío (Elisabeth) con el pleno goce de su sexualidad (Venus). Pero para aquella hipócrita sociedad estos eran elementos antitéticos. Por un lado estaban las señoras, por otro las prostitutas. Al final la salvación se produce por efecto del casto amor de Elisabeth. Mas Wagner manifestó en más de una ocasión que ese no es exactamente así como le hubiera gustado terminar la obra. Por eso Thorwald se ha permitido la licencia de satisfacer el deseo del autor introduciendo también a Venus en la acción salvífica, algo que al genio de Leipzig no le habrían permitido en su tiempo. No hay amor sin sexo, pensaba Wagner....Más allá de las motivaciones de Thorwald he de decir que la escenografía fue lo peor de la función, de las más pobres que he visto. Nada que ver con el nivel musical.

Decía Pedro Halftfer en los días previos que él se había hecho director para dirigir Tannhäuser, y que esperaba hacernos emocionar con la interpretación. Conmigo lo tenía fácil, dados los lazos que me unen a la obra. Pero creo que el sentimiento fue generalizado. El director madrileño se ha convertido en un auténtico especialista del repertorio wagneriano y ya nos tiene acostumbrados a lucir lo mejor de la ROSS en estas ocasiones. No obstante diré que no me gustó la obertura, demasiado acelerada y casi marcial. Sólo en la parte en que la música se serena y empieza a recordar a la de Tristán.. comenzó aquello a encajar. También es cierto que a mi me gusta más la versión de Dresde.

El elenco de cantantes mezclaba un grupo de acreditadas voces wagnerianas, todas consagradas en el templo de Bayreuth, (Peter Seiffert, Ricarda Merbeth, Attila Jun, Martin Gantner, Petersemer) junto con otro de valores nacionales (José Manuel Montero, Vicente Ombuena, David Lagares, Damián del Castillo y Estefanía Perdomo) que no desmerecieron en absoluto a los anteriores. Hubo altibajos, como es natural, pero el nivel general fue muy elevado. En el polo negativo no me gustó el diálogo de Venus y Tannhäuser del primer acto, un tanto chillón y en exceso decibélico. En el positivo, por señalar alguno, las intervenciones de Martin Gantner, a quien tenía especial interés de escuchar en directo tras disfrutar de su espléndida participación en los Meistersinger retransmitido hace nada desde Múnich. El coro, tan importante en esta ópera, estuvo magnífico, tanto dentro como fuera de la escena. Mención especial quiero hacer de Damián del Castillo y Estefanía Perdomo, cuyas breves pero bellísimas intervenciones no pasaron desapercibidas.


martes, 4 de octubre de 2016

#ROHNORMA

La semana pasada, concretamente el lunes, asistí a la retransmisión en directo para cines, vía satélite, de la representación en la Royal Opera House de Londres de la ópera Norma, el más conocido título de Vinzenzo Bellini, de cuya interpretación en Sevilla el pasado año ya dimos cumplida cuenta aquí. Era para mí una experiencia nueva, pues nunca había presenciado un espectáculo a través de este medio. La cita era en el entrañable Cine Cervantes. Muchos sabréis que es la única sala tradicional que queda en Sevilla, con su patio de butacas, sus palcos, su gran lámpara de techo y su enorme pantalla, de las que ya no quedan. Es uno de los pocos cines a los que me gusta acudir, por su sabor añejo de otra época. Perfectamente apropiado pues para la ocasión, pues no puede haber nada más parecido a estar presente en el propio teatro. Las sensaciones no obstante fueron diversas. La imagen era excelente, en alta definición, aunque hubo algunos problemas con los subtítulos. Sin embargo el sonido me pareció más vulgar, nada extraordinario. La verdad es que esperaba otra cosa en este aspecto. No había palomitas, como es natural, y sí canapés y champán en el entreacto.

Uno de los atractivos del espectáculo lo constituía la nueva producción ideada por Alex Ollé para el teatro de Coven Garden. He alabado en otras ocasiones, en contra de criterios más tradicionales, las creaciones de La Fura del Baus, como la del Anillo wagneriano que contemplamos en el Maestranza, obra de otro de los miembros del grupo como es Carlos Padrissa. Pero lo de Ollé me resultó infumable. Simplemente se le fue la olla. Le salió la vena del incombustible anticatolicismo patrio. El bueno de Alex ha dado rienda suelta a su atribulada imaginación, convirtiendo a los galos de la historia original en una especie de secta integrista católica, en cuya grotesca caracterización utiliza un amplio despliegue de elementos icónicos diversos que supongo deben poblar sus pesadillas. El Don Carlo es una ópera muy habitual para ver este tipo de escenificaciones disparatadas, por aquello de la leyenda negra y tal. Pero aquí, sin venir a cuento, nos encontramos con que el bosque sagrado de los druidas está conformado por una amalgama de crucifijos que se ciernen sobre la escena durante toda la obra, a modo de presencia opresiva. Sobre lo anterior, en el primer acto asistimos a toda una exhibición de imaginería extraída de expresiones tradicionales del catolicismo español, que se traen a escena a mogollón, fuera de contexto y sin ningún criterio ni sentido. Por supuesto no faltan los nazarenos. Algunos más o menos canónicos. Pero como esto al regista le debía parecer poco llamativo, pues a unos cuantos les pone también sobrepellices, para que resulten más vistosos. A ellos se unen las señoras de mantilla, uniformes de órdenes militares, un palio, los "empalaos" de la Vera, cantidad de presbíteras –incongruencia-....y el botafumeiro. No crean que yo me enfado con estas cosas. Más bien me entra la risa. Esa Norma cantando el Casta diva, y el botafumeiro para arriba, el botafumeiro para abajo, columpiándose a compás... pues yo no sabía si había que tomarlo en serio o era una parodia de Los Morancos.

Pero claro, el problema que esto tiene para mi es que cuando me chirría la escena también lo hace la música, porque me distrae de la atención debida. Yo no puedo juzgar adecuadamente a Sonya Yoncheva en su intervención estelar por lo ya dicho. Estaba más pendiente del botafumeiro. Ollé había decidido ser él el protagonista, en lugar de la sacerdotisa. Sí puedo decir que Yoncheva es una de esas cantantes de hoy tan agradables de ver como de escuchar. Buena voz y buena actriz, ha hecho que no se eche en falta a Anna Netrebko, quien renunció al papel hace unos meses. Su partenaire masculino, Joseph Calleja, posee una de las voces de tenor más personales del momento actual, con un bellísimo timbre que contrasta con su rudo aspecto físico. Cuajó un buen Pollione. En cuanto a Sonia Ganasi la vi, como en Sevilla en el mismo papel de Adalgisa, flojita. Los años no pasan en balde y no es ya la que fue. Mermada de facultades, lo suple con maestría, pero queda en desventaja con sus compañeros de reparto. La dirección musical de Antonio Pappano es siempre una garantía, aunque me pareció en exceso chillón y efectista en los finales de cada acto.

En definitiva, la representación toda, que musicalmente fue de gran nivel, queda afectada, para mal, por la dirección escénica ¿Y todo esto para qué, sr Ollé?¿Con qué intención?¡¡Pues nada menos que para representar el fanatismo religioso!! ¡¡Tócate las bemoles!! Para don Alex el fanatismo hoy no está en los burkas, los turbantes o las alfanges que cortan cabezas, sino en los crucifijos, los capirotes y las mantillas. Lamentable esta casposa izquierda española que sigue cegada con sus prejuicios ideológicos. Voltaire al menos no había conocido el ISIS y sus atrocidades. El sr Ollé ni siquiera tiene esa excusa. Qué oportunidad ha perdido de o bien hacer algo ajustado al libreto o, puestos a innovar, atreverse a retratar a quienes de verdad representan en nuestro mundo actual la intransigencia religiosa.



domingo, 25 de septiembre de 2016

ÓPERA EN ABIERTO


Después de tan larga temporada sin coger recado de escribir, casi estaba decidido a no volver a hacerlo. Es como si se me hubieran oxidado los engranajes, físicos y mentales, indispensables para la tarea y no hubiera forma ni ganas de volverlos a engrasar. Pero la ociosidad de este primer domingo del otoño me ha impulsado a redactar en unos breves renglones mis impresiones sobre la ópera que pudimos ver ayer desde el Teatro Real y dejar constancia de ellas.

El teatro madrileño ha inaugurado la temporada de su bicentenario anunciando a bombo y platillo este Otello verdiano que ha sido retransmitido a numerosas ciudades de toda la geografía nacional a través de teatros y pantallas gigantes en espacios públicos -en Sevilla, en la Plaza de España- y al mundo entero a través de internet, donde aparte del directo todavía podrá verse durante un tiempo a demanda aquí o aquí. Los aficionados esperábamos pues con gran interés esta representación que a la postre resultó algo decepcionante.

Especialmente la propuesta escénica fue muy pobre. Oscuridad, sombras..Parece que los registas se han olvidado de que esta tragedia que rebusca en las pasiones más negras del ser humano, se desarrolla paradójicamente en el luminoso paisaje mediterráneo, y se empeñan en llevarnos a ambientes más propios de “El holandés errante”. Una y otra vez vienen a corregir al gran bardo, quien a su juicio tenía que haber colocado la acción en Noruega, en lugar de en Chipre. Pero aparte de esto, que cuatro actos se resuelvan con el mismo escenario, en el que no ha lugar siquiera a que Desdémona muera en su cama, sino que tenga que hacerlo en el suelo junto a una candela, pues no parece que a Alden le haya tenido que doler mucho la cabeza.

Lo musical estuvo mejor, pero sin alcanzar cotas de excelencia. Ermonela Jaho, de la que en agosto disfruté su Violetta Valery en Orange, papel que ya había representado precisamente en Madrid la temporada anterior, hizo gala de su brillante agudo y sus delicadísimos filados, especialmente en sus arias del último acto, pero se quedó algo corta en los pasajes graves que el personaje de Desdémona también requiere. Gregory Kunde volvió a mostrar su maestría en el personaje del Moro de Venecia -ayer bastante blanco de tez- que ha hecho suyo como ningún otro tenor del momento. No hace ni un año que lo disfrutamos en Sevilla. No obstante me pareció apreciar algunos signos de fragilidad en su voz. En cuanto a George Petean hizo un Yago muy aseado. Demasiado. Un personaje que canta “credo in un dio crudele..” requiere para reflejar su maldad algo de suciedad. Por último, la dirección de Renato Palumbo fue bastante irregular. Había leído que el primer dia escuchó algunos pitos. Yo no vi motivo para tanto, aunque si que algunos pasajes quedaron un tanto desdibujados y hay detalles que se podían pulir.


A pesar por tanto de que el resultado pudiera quedar por debajo de la expectativa, fue en líneas generales una buena tarde de ópera, y hay que agradecer al Teatro Real la gran fiesta de la música que se pudo disfrutar ayer en toda España. Ojalá no haya que esperar otros doscientos años para que se repita.