jueves, 31 de marzo de 2016

LA MUJER DE ROJO

Pobre entrada el martes en el Teatro de la Maestranza (menos de medio aforo, diría yo) para asistir a uno de los dos conciertos (Sevilla y Barcelona) que la georgiana Khatia Bunaitishvili, una de las estrellas emergentes en el firmamento pianístico actual, ha ofrecido en estos días en España. Y aún así sobraban algunos espectadores: los tosedores habituales, los que andan continuamente tonteando con el teléfono o esa señora que salió, nada más dar inicio el recital, levantando a toda la primera fila de sus butacas. Debe ser desalentador para el artista estar allí solo en el escenario, dando lo mejor de sí mismo, escuchando todos esos ruidos en la sala. A pesar de ello,  Khatia encandiló a todos y el concierto resultó fantástico en términos globales. Pocas veces he visto aplaudir en este teatro con tal convicción y entusiasmo.
Salió la intérprete al escenario con un espectacular vestido rojo, aunque más recatado que los que le he visto en otras ocasiones, que realza su espléndida figura. A sus veintiocho añitos -comenzó a tocar a los cinco- ella misma ha defendido que una mujer no necesita ocultar su lado más sensual para ser apreciada intelectualmente. Razón no le falta. La que puede, puede.
En el programa predominaba la obra del húngaro Franz Listz, músico por cierto que no muchos conocen que visitó nuestra ciudad en diciembre de 1844, con la adición de sendas piezas de Ravel y Stravinsky. Composiciones todas ellas destacables por su exigencia virtuosística. Un virtuosismo que según Buniatishvili está en el cerebro del pianista antes que en los dedos. ¡Pues qué cerebro! En él llevaba metido todo el programa. Por supuesto, ni una partitura. ¿Para qué? Esa música o se lleva dentro o no sale. Eso sí, parecía tener prisa en su ejecución, como si no estuviera cómoda o como si temiese perder la concentración entre los aplausos. Porque lo que es interpretando se le veía absolutamente concentrada. Incluso cuando desarrollaba un endiablado pasaje con una sola mano mientras con la otra, en despreocupado gesto deliciosamente femenino, se apartaba de la cara un mechón de su cabello, siempre flotando al son de la música. En una reciente entrevista en una televisión francesa, con motivo de su comparecencia a principios de mes en la Philharmonie parisina, Buniatishvili admitía que el repertorio de este concierto requiere una gran fuerza física y mental, y que cuando ella toca lo hace no sólo con las manos sino con todo su cuerpo, con el objetivo, aparentemente contradictorio, de alcanzar la inmaterialidad. Es una especie de trance, y creo que eso lo transmite al público. Parece increíble que de un sólo instrumento, en manos como las de la georgiana, pueda extraerse tal variedad de sonido, tal cantidad de colores, tal extensión de matices, y todo con una prístina claridad que hace audible cada acorde, cada nota, por más que se sucedan a velocidad de vértigo.
A pesar de que, como hemos dicho, las piezas del programa tenían como denominador común fundamental su virtuosismo, Khatia nos regaló como propina final un “Claro de luna” (Debussy) con el que demostró que también sabe manejarse en un registro más lírico y pausado. Un encanto.


martes, 29 de marzo de 2016

LA CIUDAD VALLADA

Mi generación alcanzó a conocer una Semana Santa sin vallas y con las bullas justitas. Eran unos tiempos, primera juventud, en que los más recalcitrantes, por decirlo de alguna manera, nos movíamos con facilidad para ver no ya todas las cofradías, sino hasta dos veces bastantes de ellas. Se podía asistir incluso a varias entradas o salidas en una jornada. Los cortejos de nazarenos más comedidos también ayudaban. Con la masificación empezó a estropearse todo. Ya era más difícil andar por la calle y comenzaron a hacerse presentes las vallas en salidas y entradas, que para mi eran todavía habituales. Suponían una gran comodidad para la hermandad, pero dificultaban en gran medida la dispersión posterior de la bulla al no retirarse tras su paso. Empezaba ya a experimentarse -no lo olvidemos- con el distanciamiento entre la cofradía y el público que la contempla, aunque eran restricciones muy concretas.
A pesar del paulatino incremento de los inconvenientes -entre ellos también los de le edad- he vivido la Semana Santa, salvo por obligaciones en mis años en el Consejo, siempre a pie de calle, muchas horas cada día. Por lo tanto alguna experiencia tengo. Nunca he visto una cofradía que no pueda andar...si la cofradía quiere. He visto ambulancias atravesar bullas y filas de nazarenos. He presenciado el acceso de una de ellas a la complicada calle Sales y Ferré para asistir a un infartado mientras discurría por allí la cofradía del Cristo de Burgos. Sin mayores problemas que el lógico e inevitable parón de la procesión. Estaba en la calle -no en la Campana, ni en los palcos, ni en la Catedral- con mi mujer embarazada el año de las carreritas, precisamente en la zona del Duque-Museo. Nuestras autoridades fueron incapaces (?) de averiguar el verdadero origen de aquellos movimientos, iniciados en diversos puntos y con una coincidencia sorprendente. En todo caso aquello puso de manifiesto la tremenda fragilidad de nuestra fiesta ante la aparición de elementos extraños a ella y supuso un punto de inflexión en la preocupación por la seguridad. Por otra parte no era de extrañar que determinados comportamientos que eran permitidos con impunidad cada fin de semana en la ciudad(botellonas en Gavidia, Arenal, ahora Setas...) afectasen también a sus días grandes. Sin la magnitud de aquél año 2000, diversos incidentes se repitieron en madrugadas posteriores, el último el pasado año, que aunque fue leve, dio mucho ruido por afectar a una muy señalada hermandad. En cualquier caso, hechos muy aislados dentro del conjunto global de la semana. Lo que sí que se generalizó en los últimos años fue el uso de las sillitas, otro elemento perturbador, precisamente por las trabas que suponen a la movilidad del resto de los usuarios de la via pública en estas fechas. Así que nos encontramos que, aparte del fenómeno de la masificación, con el que llevamos conviviendo hace al menos tres décadas y que es natural conforme al incremento de la población, la Semana Santa actual tiene dos problemas concretos a resolver en materia de seguridad y movilidad: los cafres y las sillitas. Pues bien, aquí han llegado unos señores que no han atacado ni el uno ni el otro, sino que se han limitado a poner nuevas vallas y a impedir la movilidad por muchos puntos del centro y la contemplación de las cofradías en determinadas calles. A mi me gustaría que me explicara alguno de estos cerebros qué es lo que hubieran resuelto las vallas en caso de una estampida como las ya conocidas. No lo quiero ni pensar. Pero claro, ellos están en que su plan ha sido un éxito. Natural, la inmensa mayoría de la gente que vamos a ver cofradías somos civilizados y no nos vamos a liar a pedradas con la policía que nos corta el paso. Pero a la mente y a la boca se nos vienen algunas palabras gruesas. A mi no hace falta que me corte el paso a una calle un policía cuando veo que está abarrotada. Pero el problema es que el policía te lo corta también cuando no lo está, o incluso cuando ni siquiera está pasando una cofradía. El Jueves Santo me impidieron pasar por el Postigo ¡una hora antes de que llegase por allí la Quinta Angustia!
Si por seguridad fuera, probablemente la Semana Santa de Sevilla no se debería celebrar. No hay forma humana de controlar policialmente todos los posibles desmanes que pueden producirse con tal cantidad de gente en la calle. Pero han llegado unos “salvadores” de la fiesta que lo que tenían claro es que tenían que hacer algo, más que nada para que se notara y para que sepamos todos quién manda aquí. Nos venden que ahora es más segura, cuando de lo que únicamente no cabe duda es de que es más incómoda para los que disfrutamos de las cofradías en la calle. Yo no no digo que algunas de las medidas adoptadas no sean válidas (mayor presencia policial, vallado de las Setas, facilitar el tránsito...), pero la filosofía adoptada de “esto se arregla impidiendo el acceso de público” me parece, aparte de facilona y poco imaginativa, perniciosa para una fiesta en la que también la participación de ese público forma parte de la celebración. Vallar la ciudad entera, desde esta perspectiva, sería lo más apropiado, por seguro. Lo siguiente sería que hubiera que pedir “cita previa”, como ocurre para muchos trámites administrativos, y estos señores nos dirían, a su antojo, si podemos o no podemos.
Habrá muchas formas de ver la Semana Santa. Cada uno tendrá la suya. Pero a la mía, que es la de muchos de mis amigos cofrades, le han asestado un golpe de muerte. Tengo la sensación de que, visto lo visto, puede ocurrir como en aquél cuento de Cortázar. Unos intrusos, que aquí son perfectamente conocidos, irán ocupando espacios hasta echarnos definitivamente de nuestra casa. Será poco cristiano decirlo, pero sus responsables, por muchas medallas que ellos mismos se pongan, tienen garantizado mi odio eterno.

miércoles, 23 de marzo de 2016

PODEMOS Y LA SEMANA SANTA

El señorito Sergio Pascual, recién decapitado dirigente de la muy democrática organización Podemos por decisión unipersonal de su Líder Supremo, pero aún diputado en el Cogreso por nuestra provincia, es un pedante, un cursi y un maltratador del lenguaje que se ha permitido escribir un pestiño sobre lo que él y sus achicharradas neuronas entienden que es la Semana Santa de Sevilla, sentándolo como verdad absoluta e incontrovertible. Con la “autoridad” que le da la suerte de, siendo un advenedizo, haber igualado algún año en la cuadrilla de los Estudiantes, se permite explicarnos a los sevillanos que hemos echado los dientes en esto y que le dedicamos mucho de nuestro tiempo y dinero, que la Semana Santa "no es de la jerarquía eclesial, (ni) del Ayuntamiento (ni) de alguna ideología o creencia concreta" (ver aquí)

Es cierto que la Semana Santa es del pueblo, pero no del pueblo-masa, sino del pueblo articulado en torno a sus hermandades. Y esas hermandades son a día de hoy entidades de la Iglesia católica. Lo que quizá quisiera el sr. Pascual es estatalizar a esas corporaciones, no para hacerlas de todos, sino para hacerlas de ellos. ¿Que por qué Podemos puede estar en contra de la Semana Santa si es del pueblo? Pues porque es una fiesta RE-LI-GIO-SA del pueblo, idea que en el atribulado texto del tal Pascual se da ya sin embargo por feliz e indudablemente superada. El tipo no tiene ni idea de lo que habla. Las hermandades no fueron, como parece que piensa, creación de la jerarquía eclesiástica. Siempre, a lo largo de toda su historia y desde sus orígenes, surgieron de la religiosidad popular. No ha habido por tanto ninguna apropiación popular (sic) de la Semana Santa, porque siempre fue así. Las hermandades siempre mantuvieron una celosa defensa de su autonomía respecto de la autoridad tanto civil como eclesiástica, pero igualmente tuvieron muy claro que su fundamento primero era el culto a Dios y a su Santísima Madre, no a la momia de Lenín, ni al espíritu de la colectividad ni a cualquier otra chorrada que se les ocurra a los manipuladores podemitas. ¿Que sobre esto se han añadido muchos más elementos, culturales, sociológicos, identitarios y todo lo demás? Indudablemente. ¿Que todos los que participan en la Semana Santa, desde dentro y desde fuera son católicos? Por supuesto que no. Las hermandades son corporaciones, y mucho más cuando salen a la calle, abiertas a la participación de todos los sevillanos, de cualesquiera ideologías, pero siempre, claro está, que sean respetuosos con su indubitada identidad. No te equivoques: el que yo te invite a mi casa no quiere decir que mi casa sea tuya.

Por otra parte las hermandades han sido siempre entidades democráticas. Aun en periodos en que no había libertades políticas, hemos elegido democráticamente a nuestros dirigentes y hemos adoptado de la misma forma nuestras decisiones. No hace falta que Pascual ni los que son como Pascual vengan a darnos lecciones de democracia. No sé a qué se refiere cuando habla de la necesidad de “democratizar nuestra fiesta popular”, pero a mi me suena a peligroso totalitarismo. A querer apropiarse de algo que él podrá sentirlo como quiera, pero que no es suyo.

¡Claro que Podemos está en contra de la Semana Santa! Algunos de sus dirigentes tienen al menos la honestidad de decirlo sin ambages, y otros, como el sr Pascual, intentan camuflarlo cobardemente. Pero es evidente que allí donde puedan prohibirán las procesiones, y donde no, intentarán en la medida de sus posibilidades desnaturalizarlas convirtiéndolas en una fiesta pagana “de todos” (y de todas, faltaría más). Es decir, intentarán robarnos a los creyentes lo que es nuestro para controlarlo ellos a su conveniencia.

domingo, 20 de marzo de 2016

EL SENTIDO DE LA FIESTA

Sevillanos: una nueva Semana Santa ha llegado. ¡Disfrutadla! Disfrutad de la luz de la primavera, aunque a veces la tape alguna nube. Disfrutad de las tardes radiantes y las noches serenas, que ojalá sean las más. Disfrutad de las mañanas en los templos. Disfrutad incluso cuando el tiempo no acompañe, que siempre habrá maneras de hacerlo. Disfrutad del perfume de azahar que se esparce por nuestras calles y plazas. Disfrutad del recuerdo de las vivencias pasadas, de las que ya no se repetirán y de las que otra vez volverán a revivirse. Disfrutad de la luna de Parasceve, no sea que nos la quiten. Disfrutad del olor del incienso y de la cera, del de la flor fresca que deja un palio cuando pasa. Disfrutad bien de la buena música cuando suene, porque esto es algo que cada vez ocurre menos. Disfrutad con el buen trabajo de los costaleros y la maestría de los capataces que saben mandar. Disfrutad del arte de los priostes, de los vestidores, de los floristas, de todos los que contribuyen al arte efímero de nuestras procesiones. Disfrutad de la belleza sin igual de la ciudad en estos días. Disfrutad del quejido hondo de una saeta y del canto blanco de una escolanía. Disfrutad del encuentro con los amigos que quizá sólo en este momento del año tiene lugar. Disfrutad del rumor de vencejos la mañana en la que Sevilla no habrá dormido. Disfrutad de la palmas y de los ramos que dan la señal que todos esperábamos. Disfrutad del silencio, lo mismo que de los sonidos arcanos que sólo los iniciados saben apreciar. Disfrutad de los atardeceres y de ese amanecer único. Disfrutad del ambiente y de los detalles, que vuestros sentidos sean capaces de absorber el todo y la parte, lo grande y lo pequeño, lo material y lo intangible, lo descriptible y lo inefable.

Pero entre tanto goce estético y sensual, no olvidéis lo fundamental. No os olvidéis de rezar. Las imágenes no salen a la calle para que nos tomemos una copita con ellas, que es lo que parecen entender algunos que las contemplan con el vaso de cerveza o de cubata en la mano. Tampoco para que les hagamos fotos como si de estrellas mediáticas se tratasen. Salen para acercarnos a Dios y recordarnos su obra redentora. Por eso no podemos, los que creemos, encerrarnos una semana en una burbuja de bienestar y sensaciones agradables y olvidarnos de los problemas del mundo. Recemos por la salud de los enfermos, por los que no tienen trabajo, por los que les falta la esperanza. Recemos por el drama de los refugiados. Recemos por las víctimas del terror, por nuestros hermanos perseguidos en tantos lugares del mundo. Recemos por los inocentes que no llegan a ver la luz. Recemos por nuestras familias y por nuestros amigos, por nuestros allegados y por los que nos son lejanos. Recemos por los que están y por los que se fueron.... Nuestras cofradías no son sólo cuestión de estética, tiene que haber también un sustrato ético que es el que nos hace sentirnos solidarios con todos los que sufren. Porque sería hipócrita compadecerse del sufrimiento de Aquellos cuyas imágenes veneramos en estas escenas de la Pasión si no hacemos lo mismo con el de todos los hombres. Sacamos nuestras imágenes a la calle para que les recemos, incluso aunque no vayamos mucho a misa o a la iglesia. La devoción -no los solos de trompetas ni los cambios de costero a costero- es lo que hizo que nuestras hermandades sobrevivieran a las dificultades de la historia. Sin nuestras oraciones -cada uno a su manera- sin nuestra devoción a esas imágenes, la Semana Santa se convertiría en un mero espectáculo teatral sin mayor sentido. Para muchos que la ven desde fuera, o incluso algunos de los que la viven desde dentro, lo es así. Pero no es precisamente eso lo que la hace singular e inigualable para la mayoría, quiero pensar, de los que la hacemos posible cada año. Olvidarnos de lo que representan esas imágenes y para qué salen a nuestro encuentro sería olvidar el sentido más auténtico de esta fiesta y el camino más corto para acabar con ella.

sábado, 19 de marzo de 2016

NAZARENOS

A principios de este mes se estuvo representando en el Teatro de la Maestranza el ballet titulado “Sorolla”, a cargo del Ballet Nacional de España. La obra está inspirada en los cuadros -óleos sobre lienzos de gran tamaño- que el que artista valenciano pintara por encargo de la Sociedad Hispánica de Nueva York y de los que tuvimos la oportunidad de disfrutar en Sevilla en una memorable exposición celebrada en el Museo de Bellas Artes en 2008.

La música de este ballet, estrenado en 2013, fue encargada a Juan José Colomer, con la colaboración también de Paco de Lucía y Enrique Bermúdez. Colomer es un músico también valenciano, como Sorolla, aunque afincado actualmente en Estados Unidos, compositor de numerosas obras para orquesta, piano, bandas sonoras de cine, etc, y colaborador de Plácido Domingo en muchos proyectos.

Entre los catorce lienzos de la colección, conocida conjuntamente como “Visión de España”, hay nada menos que tres dedicados a Sevilla: “Los nazarenos”, “El baile” y “Los toreros”. Esto puede explicarse por la fascinación que Archer Milton Huntington, fundador de la Hispanic Society, sentía por nuestra ciudad. Hasta el punto que tanto él como su esposa , la escultora Anna Hyatt Huntington, autora de la estatua ecuestre del Cid, fueron declarados hijos adoptivos, en agradecimiento a diversas donaciones efectuadas, entre ellas la propia estatua del héroe castellano que luce en el Prado de San Sebastián.

En este último, datado en 1914, Sorolla representa a varios nazarenos con capirote y un penitente con cruz, con un paso de palio al fondo y una atisbo de la Giralda más allá. A simple vista uno puede decir de la Hermandad de la Carretería, por la cruz de Santiago de los antifaces y las formas del paso. Sin embargo esto es sólo un espejismo. Si nos fijamos bien se observa que el color de las túnicas es negro y más bien de ruan, con cinturón de esparto, que del terciopelo azul de los actuales hábitos carreteros, instaurados en 1886. Tampoco el palio es el de Nuestra Señora del Mayor Dolor en su Soledad, sino el en que por entonces procesionaba la Virgen del Rosario de Montesión. Así que Sorolla cogió algunas ideas de aquí y allá y pintó lo que le pareció, sin sujeción a la realidad de una procesión concreta.

Este cuadro, en cualquier caso, es sin duda de la Semana Santa sevillana, porque aquí fue pintado -en el convento de San Clemente por más señas- y porque de ella recoge sus elementos, incluido el paisanaje que contempla la imaginaria cofradía. Y es el que sugiere la pieza musical de Juan José Colomer, titulada “Nazarenos” y compuesta como parte integrante del citado ballet, que motiva este comentario. Escúchenla los conspicuos capillitas de paladar fino que esto lean y díganme si no se la imaginan acompañando un palio, en el recogimiento de la noche, con toda la candelería encendida, y el susurro de un leve repique de bambalinas a compás. Bien valdría la pena que alguien -¿quizá el propio autor?- adaptase esta pieza para banda de música y poder disfrutar de ella por las calles de Sevilla, cerrándose así el círculo marcado por su proceso creativo: lo que con tanto acierto nació inspirado por nuestra Semana Santa no podía tener mejor destino final, aunque no fuera esta intención directa de su creador, que el de ser interpretado en ella. 
 


martes, 15 de marzo de 2016

EL PALCO

Estoy hasta la punta del pelo de estos individuos y estas individuas que se creen que han inventado la democracia, la dignidad y la ética en la vida pública, cuando no son más que unos manipuladores y demagogos a la caza del incauto. Ya no hablan tanto de la casta, porque ellos han empezado también a serlo, pero quieren marcar distancias aparentemente con la vieja política, “renunciando”-dicen- a algunos de lo que ellos consideran “privilegios”.
Primero fueron las “renuncias” de sueldo. Un ejemplo, el de Teresa Rodríguez, la líder podemita en nuestra comunidad, que presumía durante su corto periplo como eurodiputada de renunciar a parte de su suculento salario bruselense en favor de no sé qué causas, que se iba encargando de publicitar cada mes a bombo y platillo. “Bienvenida al ejercicio de la caridad cristiana -le puse en un tuit- Hay gente que lleva mucho tiempo practicándola y sin tanta propaganda para ganar unos votos”. A mi lo que haga un político con su sueldo es que me importa un pimiento. Cada uno hará lo que le parezca. No soy de los que piensa que haya que pagarle poco a los políticos, si son competentes. El problema es cuando son tan mediocres tirando a malísimos y encima se llevan un pastón que en su vida hubieran podido soñar conseguir en otra actividad donde tuvieran que demostrar verdadera valía, y no sólo palabrería y malas artes. Pero, volviendo a la cuestión que nos ocupa, renunciar al privilegio -que lo es si verdaderamente no se justifica- sería renunciar a percibir el sueldo, no repartirlo entre la clientela.

Ahora, en la misma senda de “ejemplaridad” estomagante, salen los primos hermanos de Podemos en el Ayuntamiento de Sevilla, quienes rechazan utilizar el palco que les corresponde en Semana Santa y lo van a ceder por sorteo a quien lo solicite, o algo así, porque ellos dicen que no quieren este privilegio. Pero ceder un palco a quien a ti te de la gana -se trate de quien se trate, con movilidad reducida o no, pobre o rico, allegado o extraño, sobrino o cuñado, a dedo o por sorteo- no es renunciar a ningún privilegio. Es hacer un uso político interesado de ese privilegio. Renunciar al privilegio sería renunciar a cualquier tipo de disposición sobre el dichoso palco. Teniendo en cuenta además que a los miembros de Participa no se les supone ningún sacrificio por el hecho de no poder presenciar nuestras cofradías en lugar tan señalado como la Plaza de San Francisco (¡por Marx, encima con nombre de santo!) o en cualquier otro. Distinto es el caso de IU, que aunque su portavoz diga llorar con la Macarena (eso he leído) renuncian de verdad al palco, y que el Ayuntamiento haga con él lo que le parezca. Pero lo de Participa es de tomadura de pelo, que es a lo que mayormente han venido estas criaturas.

sábado, 12 de marzo de 2016

ENTRE OCCIDENTE Y ORIENTE

Asistíamos el jueves al concierto de abono, décimo de la temporada, de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla en el Teatro de la Maestranza. Concierto programado con el título “Oriente y Occidente” bajo la dirección del austriaco Christian Arming. Las cuatro obras integrantes del programa eran totalmente desconocidas para mi, así que era una especie de cita a ciegas, aunque no tanto, conociendo a los autores.

La primera pieza, de Camille Saint-Saëns, titulada como el concierto en general, no me dijo nada. Resultó para mi gusto perfectamente prescindible. Dicen que Saint-Saëns la compuso inicialmente por un encargo cuando estaba enfrascado en la creación de su “Sansón y Dalila”. Creo que su inspiración se vertió en la ópera y para esta otra partitura no quedó mucha.

Mucho más interesante fue el concierto para dos pianos “Gezi Park 1” del turco Fazil Say que vino a continuación, con la participación de las gemelas Önder (Ferhan y Ferzan), turcas ellas también, aunque residentes en Viena (ante cuyas murallas precisamente se detuvo la expansión del imperio otomano). Conocía a Say como pianista, pero no como compositor. Sin embargo el polifacético músico es compositor residente para esta temporada en la orquesta, de ahí que se hayan programado con acierto algunas de sus obras. Su concierto, de carácter descriptivo, pues es referido a los sucesos del parque Gezi en Estambul hace unos años, es de gran variedad tímbrica y rítmica, abarcando desde momentos de gran agitación hasta otros de evocador lirismo, como el solo final de los dos pianos. Estos sin embargo fueron con frecuencia tapados por el volumen de la orquesta cuando intervenían conjuntamente. Como propina, las gentiles intérpretes ofrecieron una pieza de Astor Piazzola (Libertango, creo) que para algunos resultó lo más brillante de la noche.

La segunda parte del concierto se iniciaba con una nueva obra titulada como el concierto, "Oriente y Occidente" (2000), en esta ocasión del compositor estonio, también contemporáneo, Arvo Pärt, que en estos días está de moda en Sevilla, pues hoy y mañana se interpreta también en nuestra ciudad su "Passio", oratorio narrativo del Evangelio según San Juan. Pärt es fundamentalmente conocido por su música coral, pero en esta ocasión se trataba de una pieza instrumental, para orquesta de cuerda exclusivamente. Para escucharla, como ocurre en general con la música del estonio, hace falta una cierta predisposición espiritual, pues es una música que raya el misticismo. Pero claro, no todo el mundo está por la labor. Así que allí cerca teníamos a una oronda señora, a la que le subían los calores y ella se los quitaba abanicándose (en pleno invierno) sonoramente. Como le parecería pobre la orquestación pues ella la completaba añadiéndole unos golpes de rasss!! (abanico que se abre) raaass!! (abanico que se cierra). Y a otros, pues les parecía que allí faltaban coros, así que venga, coro de toses variadas. Con lo cual es imposible disfrutar de la música.

De Paul Dukas todo el mundo conocerá seguramente “El aprendiz de brujo”, básicamente debido a los dibujos animados de Disney. Hace poco tuve también ocasión de ver su interesante y escasamente representada ópera “Ariana y Barbazul”, representada el año pasado en Estrasburgo, con dirección escénica del incansable Olivier Py (se puede ver todavía aquí). En esta ocasión se trataba de una composición para ballet titulada "La Péri" (o La flor de la inmortalidad),última de las publicadas por el músico francés en 1911. Inicialmente había sido ideada para los famosos Ballets Rusos de Sergei Diaghilev, pero luego la cosa se truncó y aunque fue estrenada en 1912, no tuvo posteriormente mucho recorrido. Obra de matices impresionistas y románticos, de música suntuosa y sensual, con un inicio de gran lucimiento de los metales, evoca lugares de ensueño a los que Arming y la ROSS consiguen con maestría transportar al oyente. Aunque quizá esos lugares no estén tan lejos. Dice Axelrod, en las notas del programa de mano, que ese Jardín del Eden, o esos soñados jardines de Babilonia bien podríamos identificarlos con los de la Alhambra o los de nuestro Alcázar. Y tiene razón. Andalucía es un lugar idóneo para encontrar esa fusión de lo mejor de Oriente con lo mejor de Occidente.


De vuelta a casa me encuentro con una música muy diferente. El embudo que forma el patio del edificio absorbe el eco no lejano de las trompetas y tambores de la Centuria. Cosas que tiene el vivir junto a la Macarena.